Había oído hablar de la ciudad y había buscado información, había visto fotos y documentales, me había enamorado de los actores de la región y me había encaprichado de la música local, pero nada de eso superaba la sensación de pisar sus calles por mí misma y escuchar a todos a mi alrededor hablar en el especial dialecto que la gente de Kansai utilizaba.
Tan pronto dejé las cosas en mi habitación me apresuré a salir del hotel y a explorar los alrededores. Todo parecía tan nuevo, tan perfecto… Pero, junto a la sensación de cambio y anhelado encuentro, se respiraba un aire tradicional, como si algo allí siguiera igual desde hacía mucho tiempo.
Las puertas de un mundo del que sabía muchas cosas pero a la vez desconocido se abrían ante mí y sentía que, en el pequeño barrio en el que me encontraba, tenía todo lo que me hacía falta para disfrutar de mi viaje.
Una parte de mí creía que el tiempo debía detenerse para poder disfrutar de tan deseada situación, pero otra me apresuraba a correr para hacer todas las acciones que tenía ganas de realizar. No podía esperar a que se hiciera de noche para ver como, iluminada, la Torre intentaba tocar el cielo y llegar a su amada luna, tampoco tenía paciencia suficiente para aguardar calmadamente el horario de visitas del Castillo, y esa incontrolable excitación bañaba los pies y acunaba la impresión de ir demasiado rápido.
La siempre soñada ciudad esperaba bajo mis pies para ser explorada y yo no podía hacer más que pensar: ‘Ya estoy aquí, Osaka…’