dimecres, 16 de maig del 2012

Comentario Crítico: El juego de la creación

Nota: Margarita, no sé si esto es un comentario crítico porqué busqué en internet como hacer uno y allí decía que no era un comentario filosófico sino una contraposición de ideas entre las del autor y las del crítico, pero yo creo que todos los argumentos son filosofia, así que, para mí, este texto no es un comentario crítico. Espero que para ti sí lo sea, porque no sé hacerlo de otra manera.

En este texto, el autor expresa su inquietud ante la posibilidad que un gen insertado en un organismo con tal de reparar una disfunción pueda pasar a la desdendencia del individuo al que se le ha aplicado el tratamiento. El periodista también nos invita a reflexionar sobre los cambios que estos tratamientos génicos podrían implicar en nuestra sociedad.
Desde mi punto de vista, es lógico inquietarse cuando nos enfrentamos a un hecho que ni los mismos expertos en el tema entienden, en este caso, el hecho de poder modificar un ser antes de que este sea formado (es decir, antes que el óvulo y el espermatozoide que lo convierten en zigoto se junten) pero también debemos saber que, en este tema concreto, los genes no siempre se expresan y, cuando lo hacen, no siempre lo hacen bien, por lo que hay tantas posibilidades de que la descendencia tenga cierta característica, la condicionada por el gen utilizado para tratar al individuo progenitor, como de ganar la lotería en Navidad.
Es verdad que nuestra visión de los tratamientos génicos se parece bastante a lo que llamamos el juego de la creación, pero en realidad, este tipo de terapias están muy lejos de permitirnos crear y modificar organismos a nuestro gusto, más bien el contrario, nosotros tenemos que adaptarnos a la manera de hacer de la naturaleza para conseguir lo que nos proponemos (que es tratar alguna dolencia o enfermedad). Por eso, no creo, al contrario que el autor, que esos cambios de genes puedan hacer muchos cambios en nuestra sociedad, a parte de lograr que seamos más resistentes a cierto tipo de patías (cosa que también es poco probable porque las mutaciones que en su tiempo nos distinguieron de los otros seres vivos consiguen cambios mucho mayores y mucho más rápidos que el tiempo que los científicos tardan en descubrir alguna manera de usar los genes que acaban de identificar).

dilluns, 5 de març del 2012

[Corrección] Escena de Navidad - Época de Paz

     Eirängr era una ciudad pequeña. No lo suficiente como para ser llamada un pueblo, pero tampoco lo suficientemente grande como para ser propiamente una ciudad, con todo lo que ello implicaba. La seguridad en Eirängr no era tan relajada como en los pueblos (que ya habían conseguido librarse de los bandidos en esa época del año), pero tampoco tan paranoicamente estrictas como en las otras ciudades que sus habitantes conocían, los parques no eran el único sitio donde se podía ver el verde natural de la hierba, pero esta tampoco reinaba en todas las calles ni alrededor de cada una de las viviendas, y las personas no estaban unidas por ese inconfundible e irrompible sentimiento de ser todos parte de un sólo ser, como solía pasar en los pueblos, ni en sus caras se dibujaba esa mueca de asco hacia todo lo que les rodeaba, tan característica de la gente de ciudad.
     Eirängr era, en fin, un buen sitio para vivir. Con lugares para que tanto mayores como pequeños se olvidaran del aburrimiento, aunque fuera sólo por un rato, y sin esos vehículos a los que, años atrás, llamaban coches (que, sin embargo, seguían activos en los pueblos, por lo que todos habían visto alguno alguna vez).
     Maëlle vivía en ese lugar. En la Eirängr donde se habían descubierto las pruebas de la existencia de los dragones, en la ciudad de la magia, como la llamaban algunos. Y Maëlle sabía que, pese a las muchas discusiones que los eirängrianos empezaban con sus vecinos, había unos días del año en que todos se reunían y las viejas enemistades (que duraban generaciones) se olvidaban.
     Cualquier habitante de Eirängr podría dar fe de ello. Porque todos habían visto al viejo Solen Nerdwän regalar un collar del que colgaba uno de los tesoros más preciados de su familia a la Tildé mayor, esa que ya casi no podía andar, tales habían sido los estragos que los años le habían causado a su cuerpo), perteneciente a la familia Soutisten, enemiga de los Nerdwän desde hacía más de quince generaciones. Y también habían visto a Tildé darle las gracias con una sonrisa y un beso en la mejilla. Algunos podrían incluso afirmar que en los ojos de ambos habían visto brillar un amor escondido desde hacía décadas, que no se había alterado con el paso de los años y seguía siendo tan puro y prohibido como lo había sido cuando él acababa de empezar a trabajar en el molino de las afueras y ellas salía de la infancia y pasaba por esa etapa (que muchos denominan feliz) que la llevaría a convertirse en adulta.
     Asimismo, Maëlle se había dado cuenta de que incluso los más pequeños de los Owetseike y los Elabastr, las otras dos grandes familias enemistadas de la ciudad, participaban en esa tradición. En lugar de empujarse y tirarse arena por la cabeza, Grëj Elbastr y Lunevan Owetseike compartían los juguetes que ella acababa de regalarles (ya que les hacía de canguro a ambos desde que los niños habían nacido y los dos pequeños adoraban los peluches de su niñera).
     Esas escenas llenaban el corazón de la adolescente de una extraña calidez, y le recordaban que, como tantas veces había sentido anteriormente, sólo el milagro de la Navidad podía conseguir que el amor superara el odio y que las sonrisas vencieran los ceños fruncidos y las palabras hirientes y se instalaran en cada uno de los rostros de la ciudad.

dilluns, 6 de febrer del 2012

Fue sólo un sueño, ¿verdad?


Un niño de aproximadamente siete veranos, vestido con piel de alce, corría. Llevaba corriendo mucho rato. No lo recordaba pero esto es lo que debía haber estado haciendo porque le dolía todo el cuerpo y estaba mucho más lejos de cualquier campamento que él conociera que una hora antes, cosa que había podido deducir por el movimiento del sol.
No sabía por qué pero sabía que debía seguir corriendo, no podía parar o algo muy malo iba a ocurrirle.
Pese a esa horrible sensación que le ahogaba y que no le dejaba pararse, sensación que nada tenía que ver con la falta de oxígeno en sus pulmones, pues esta la sentía a parte; poco antes de la puesta de sol tropezó y no pudo volver a levantarse. Estaba agotado. Notó todos los rasguños que se había hecho en su carrera y el agua acumulada en sus pantalones. ¿Había cruzado el río? No se acordaba.
Los ojos se le cerraron y se abandonó al cansancio, incapaz de resistirse.
Entonces soñó. Soñó que estaba en un cuerpo que no era el suyo y que estaba de cacería.


Agazapada entre los arbustos, esperaba. Esperaba el momento propicio para saltar sobre su presa y, por fin, conseguir el alimento que sus dos crías tanto necesitaban.
Cuatro días después de tener a sus dos gatitos había salido de su guarida y había intentado cazar algo para ellos. El hambre la había hecho actuar con imprudencia y había atacado la presa de una manada de lobos. Pese a los mordiscos, había conseguido atrapar un conejo de vuelta a sus pequeños, pero las heridas que le habían infligido los lobos tardaron dos semanas en curarse y casi no había podido moverse durante este tiempo. Sus crías empezaban a verse flacuchas y ella no podía alimentarlas más sin que su salud se resintiera.
Hacía rato que oía los pasos y la lengua de los dos patas siendo cantada acercándose a ella. No tardó mucho más en divisar quien producía esos sonidos: una cría de los dos patas. Hacía unos ruidos raros, parecidos a la caída del agua pero más suaves. Eso ahora a ella no le importaba.
Los dos patas solían ser presas difíciles, pero no así sus crías. No entendía como podía dejar su madre que se alejara de ella cuando era evidente que la cría casi no podía ni andar sola. Ella nunca dejaría a sus gatitos tan desprotegidos. Nunca. Pero eso a ella tampoco le importaba ahora.
La hembra lince se agazapó aún más y esperó. Esperó, esperó y esperó un poco más, hasta que la gatita dos patas estuvo justo en frente de ella. Entonces saltó. Sus dientes desgarraron el débil pelaje de la dos patas pequeña y sintió el glorioso sabor de la sangre sobre su lengua.
Apretó con toda la fuerza de sus colmillos hasta que la cría dejó de moverse y, luego, empezó a arrastrar su presa hacia su madriguera. Había tenido que salir de su territorio y tenía que volver a entrar en él con su comida o esa pasaría a pertenecer a esos asquerosos lobos y sus gatitos se morirían de hambre.
Le faltaba poco para llegar a su guarida cuando sus orejas captaron un sonido procedente de donde ella venía. ¿Cómo había logrado el dos patas acercársele tanto? Eso no lo sabía, tampoco le importaba.
Por su tamaño parecía otra de sus crías. ¿Acaso ese era el día en que los dos patas abandonaban a sus pequeños en el bosque? Ella nunca haría algo así. Nadie, excepto la muerte, podría obligarla a abandonar a sus queridos gatitos. La cría dos patas soltó un grito, ella se preparó para saltar. Sabía qué significaba lo que había dicho, no por el ruido en sí, sino por los ojos, esos ojos que se habían agrandado notablemente y en los que ella había podido reconocer el miedo.
La cría empezó a correr y ella corrió tras el dos patas. No podía dejar que llegara a su madre. Si los dos patas sabían que estaba allí sería el fin de sus dos gatitos.
Incansable si se trataba del bien de sus cachorros, corrió. Podía oler el miedo que desprendía la cría dos patas y el olor a alce que se desprendía de su segunda piel. La distancia que los separaba era cada vez más corta, pero el gatito dos patas atravesó un riachuelo que no quedaba muy lejos del límite de su territorio y ella tuvo que encontrar otro sitio por donde cruzarlo.
Encontrar el rastro de la cría dos patas fue fácil. Y, cuando llegó al lugar donde estaba, habría sonreído si hubiera podido. Pero los cachorros siempre habían sido su debilidad y, si no llegara a ser por sus propios gatitos, no habría podido hacer lo que hizo poco después.
Sigilosa, se acercó al cuerpo tumbado en el suelo y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, atacó el cuello desprotegido del gatito dos patas. Sus dientes desgarraron el débil pelaje del dos patas pequeño y sintió el glorioso sabor de la sangre sobre su lengua.
Sus gatitos estaban a salvo.

dissabte, 7 de gener del 2012

Escena de Navidad - Época de Paz

     Eirängr era una ciudad pequeña. No lo suficiente como para ser llamada un pueblo, pero tampoco lo suficientemente grande como para ser propiamente una ciudad, con todo lo que ello implicaba. La seguridad en Eirängr no era tan relajada como en los pueblos (que ya habían conseguido librarse de los bandidos, en esa época del año), pero tampoco tan paranoicamente estrictas como en las otras ciudades que sus habitantes conocían; los parques no eran el único sitio donde se podía ver el verde natural de la hierba, pero esta tampoco reinaba en todas las calles ni alrededor de cada una de las viviendas; y las personas no estaban unidas por ese inconfundible e irrompible sentimiento de ser todos parte de un sólo ser, como solía pasar en los pueblos, ni en sus caras se dibujaba esa mueca de asco hacia todo lo que les rodeaba tan característica de la gente de ciudad.
     Eirängr era, en fin, un buen sitio para vivir. Con lugares para que tanto mayores como pequeños se olvidaran del aburrimiento, aunque fuera sólo por un rato, y sin esos vehículos a los que, años atrás, llamaban coches (que, sin embargo, seguían activos en los pueblos, por lo que todos habían visto alguno alguna vez).
     Maëlle vivía en ese lugar. En la Eirängr donde se habían descubierto las pruebas de la existencia de los dragones, en la ciudad de la magia, como la llamaban algunos. Y Maëlle sabía que, pese a las muchas discusiones que los eirängrianos empezaban con sus vecinos, había unos días del año en que todos se reunían y las viejas enemistades (que duraban generaciones) se olvidaban.
     Cualquier habitante de Eirängr podría dar fe de ello. Porque todos habían visto al viejo Solen Nerdwän regalar un collar del que colgaba uno de los tesoros más preciados de su familia a la Tildé mayor, esa que ya casi no podía andar, tales habían sido los estragos que los años le habían causado a su cuerpo), perteneciente a la familia Soutisten, enemiga de los Nerdwän desde hacía más de quince generaciones. Y también habían visto a Tildé darle las gracias con una sonrisa y un beso en la mejilla. Algunos podrían incluso afirmar que en los ojos de ambos habían visto brillar un amor escondido desde hacía décadas, que no se había alterado con el paso de los años y seguía siendo tan puro y prohibido como lo había sido cuando él acababa de empezar a trabajar en el molino de las afueras y ellas salía de su infancia y pasaba por esa etapa (que muchos denominan feliz) que la llevaría a convertirse en adulta.
     Asimismo, Maëlle se había dado cuenta de que incluso los más pequeños de los Owetseike y los Elabastr, las otras dos grandes familias enemistadas de la ciudad, participaban en esa tradición. En lugar de empujarse y tirarse arena por la cabeza, Grëj Elbastr y Lunevan Owetseike compartían los juguetes que ella acababa de regalarles (ya que les hacía de canguro a ambos desde que los niños habían nacido y los dos pequeños adoraban los peluches de su niñera).
     Esas escenas llenaban el corazón de la adolescente de una extraña calidez, y le recordaban que, como tantas veces había sentido anteriormente, sólo el milagro de la Navidad podía conseguir que el amor superara el odio y que las sonrisas vencieran los ceños fruncidos y las palabras hirientes y se instalaran en cada uno de los rostros de la ciudad.

diumenge, 9 d’octubre del 2011

La (increíble) presentación de Black

Actividad 14 de la página 31 del libro de texto


Yey~ Los Eito Rangers han llegado a este blog~
De hecho, hoy he venido yo solo, pero ahora mismo eso no importa, todo el mundo sabe que yo soy el mejor de los siete, no Red, no Yellow, sino yo. ¿Quién iba a ser si no?
Ay, ahora me acuerdo, nadie nos conoce por aquí… Bien, entonces me, ¿qué digo?, nos presentaré:
Los Eito Rangers somos un grupo de siete superhéroes (no quiero oír comentarios sobre esto, aunque a veces no lo parezcamos lo somos, de verdad). Sí, podéis preguntaros por qué nunca habéis oído hablar de nosotros, pero no creo que exista una razón para ello. Y no, que no seamos superhéroes no es una razón válida. Además, ¿no he dicho ya que sí lo somos?
Podría dedicarme a hablaros de todos los miembros, pero no lo haré. Los demás son muy aburridos. En vez de eso, me dedicaré a describirme a. Yo soy mucho más interesante que todos los demás juntos.
Me llaman Black y, por si mi apodo no os lo ha dejado lo suficientemente claro, mi traje es de color negro. Cuando nos distribuimos los colores, todos dijeron que era el perfecto para mí, pero yo creo que con él parezco un malvado. ¿Acaso no es verdad que en todas las series infantiles los malos van de negro? Es posible que sea un poco travieso a veces, pero eso no es ser cruel… Además, yo adoro a los otros miembros… Es verdad que, a veces, desearía poder apartar a Red y Yellow para poder tener más protagonismo, pero es que esos dos son un fenómeno de masas y es muy difícil destacar cuando los tienes a ellos delante. Es más, estoy seguro que Orange estaría totalmente de acuerdo conmigo en esto.
Vale, me estoy enrollando demasiado, y creo que Nasu me llama para separar a Blue de Green (parece que el primero ha intentado robarle la comida al otro y, ya sabéis cómo es Green con su comida… O puede que no lo sepáis, pero da igual). La conclusión a la que podemos llegar después de toda esta palabrería es... ¡que soy genial!
Y ahora me voy antes de que la pelea escale y estemos a punto de separarnos... otra vez…
¡Nos vemos!
Black


Editado el 10-10-2011


dilluns, 19 de setembre del 2011

[Corrección] Primer viaje a Osaka

Había oído hablar de la ciudad y había buscado información, había visto fotos y documentales, me había enamorado de los actores de la región y me había encaprichado de la música local, pero nada de eso superaba la sensación de pisar sus calles por mí misma y escuchar a todos a mi alrededor hablar en el especial dialecto que la gente de Kansai utilizaba.
Tan pronto dejé las cosas en mi habitación me apresuré a salir del hotel y a explorar los alrededores. Todo parecía tan nuevo, tan perfecto… Pero, junto a la sensación de cambio y anhelado encuentro, se respiraba un aire tradicional, como si algo allí siguiera igual desde hacía mucho tiempo.
Las puertas de un mundo del que sabía muchas cosas pero a la vez desconocido se abrían ante mí y sentía que, en el pequeño barrio en el que me encontraba, tenía todo lo que me hacía falta para disfrutar de mi viaje.
Una parte de mí creía que el tiempo debía detenerse para poder disfrutar de tan deseada situación, pero otra me apresuraba a correr para hacer todas las acciones que tenía ganas de realizar. No podía esperar a que se hiciera de noche para ver como, iluminada, la Torre intentaba tocar el cielo y llegar a su amada luna, tampoco tenía paciencia suficiente para aguardar calmadamente el horario de visitas del Castillo, y esa incontrolable excitación bañaba los pies y acunaba la impresión de ir demasiado rápido.
La siempre soñada ciudad esperaba bajo mis pies para ser explorada y yo no podía hacer más que pensar: ‘Ya estoy aquí, Osaka…

dimarts, 13 de setembre del 2011

Primer Viaje a Osaka

Actividad 2 de la ficha del 12-9-2011


Había oído hablar de la ciudad y había buscado información, había visto fotos y documentales, me había enamorado de los actores de la región y me había encaprichado de la música local, pero nada de eso superaba la sensación de pisar sus calles por mí misma y escuchar a todos a mi alrededor hablar en el especial dialecto que la gente de Kansai utilizaba.
Tan pronto dejé las cosas en mi habitación me apresuré a salir del hotel y a explorar los alrededores. Todo parecía tan nuevo, tan perfecto… Pero, junto a la sensación de cambio y anhelado encuentro, se respiraba un aire tradicional, como si algo allí siguiera igual desde hacía mucho tiempo.
Las puertas de un mundo del que sabía muchas cosas pero a la vez desconocido se abrían ante mí y sentía que, en el pequeño barrio en el que me encontraba, tenía todo lo que me hacía falta para disfrutar de mi estada.
Una parte de mí creía que el tiempo debía detenerse para poder disfrutar de tan deseada situación, pero otra me apresuraba a correr para hacer todas las acciones lo que tenía ganas de realizar. No podía esperar a que se hiciera de noche para ver como, iluminada, la Torre intentaba tocar el cielo y llegar a su amada luna, tampoco tenía paciencia suficiente para aguardar pacientemente el horario de visitas del Castillo, y esa incontrolable excitación bañaba los pies y acunaba la impresión de ir demasiado rápido.
La siempre soñada ciudad esperaba bajo mis pies para ser explorada y yo no podía hacer más que pensar: ‘Ya estoy aquí, Osaka…