Un niño de aproximadamente siete veranos, vestido con piel de alce, corría. Llevaba corriendo mucho rato. No lo recordaba pero esto es lo que debía haber estado haciendo porque le dolía todo el cuerpo y estaba mucho más lejos de cualquier campamento que él conociera que una hora antes, cosa que había podido deducir por el movimiento del sol.
No sabía por qué pero sabía que debía seguir corriendo, no podía parar o algo muy malo iba a ocurrirle.
Pese a esa horrible sensación que le ahogaba y que no le dejaba pararse, sensación que nada tenía que ver con la falta de oxígeno en sus pulmones, pues esta la sentía a parte; poco antes de la puesta de sol tropezó y no pudo volver a levantarse. Estaba agotado. Notó todos los rasguños que se había hecho en su carrera y el agua acumulada en sus pantalones. ¿Había cruzado el río? No se acordaba.
Los ojos se le cerraron y se abandonó al cansancio, incapaz de resistirse.
Entonces soñó. Soñó que estaba en un cuerpo que no era el suyo y que estaba de cacería.
Agazapada entre los arbustos, esperaba. Esperaba el momento propicio para saltar sobre su presa y, por fin, conseguir el alimento que sus dos crías tanto necesitaban.
Cuatro días después de tener a sus dos gatitos había salido de su guarida y había intentado cazar algo para ellos. El hambre la había hecho actuar con imprudencia y había atacado la presa de una manada de lobos. Pese a los mordiscos, había conseguido atrapar un conejo de vuelta a sus pequeños, pero las heridas que le habían infligido los lobos tardaron dos semanas en curarse y casi no había podido moverse durante este tiempo. Sus crías empezaban a verse flacuchas y ella no podía alimentarlas más sin que su salud se resintiera.
Hacía rato que oía los pasos y la lengua de los dos patas siendo cantada acercándose a ella. No tardó mucho más en divisar quien producía esos sonidos: una cría de los dos patas. Hacía unos ruidos raros, parecidos a la caída del agua pero más suaves. Eso ahora a ella no le importaba.
Los dos patas solían ser presas difíciles, pero no así sus crías. No entendía como podía dejar su madre que se alejara de ella cuando era evidente que la cría casi no podía ni andar sola. Ella nunca dejaría a sus gatitos tan desprotegidos. Nunca. Pero eso a ella tampoco le importaba ahora.
La hembra lince se agazapó aún más y esperó. Esperó, esperó y esperó un poco más, hasta que la gatita dos patas estuvo justo en frente de ella. Entonces saltó. Sus dientes desgarraron el débil pelaje de la dos patas pequeña y sintió el glorioso sabor de la sangre sobre su lengua.
Apretó con toda la fuerza de sus colmillos hasta que la cría dejó de moverse y, luego, empezó a arrastrar su presa hacia su madriguera. Había tenido que salir de su territorio y tenía que volver a entrar en él con su comida o esa pasaría a pertenecer a esos asquerosos lobos y sus gatitos se morirían de hambre.
Le faltaba poco para llegar a su guarida cuando sus orejas captaron un sonido procedente de donde ella venía. ¿Cómo había logrado el dos patas acercársele tanto? Eso no lo sabía, tampoco le importaba.
Por su tamaño parecía otra de sus crías. ¿Acaso ese era el día en que los dos patas abandonaban a sus pequeños en el bosque? Ella nunca haría algo así. Nadie, excepto la muerte, podría obligarla a abandonar a sus queridos gatitos. La cría dos patas soltó un grito, ella se preparó para saltar. Sabía qué significaba lo que había dicho, no por el ruido en sí, sino por los ojos, esos ojos que se habían agrandado notablemente y en los que ella había podido reconocer el miedo.
La cría empezó a correr y ella corrió tras el dos patas. No podía dejar que llegara a su madre. Si los dos patas sabían que estaba allí sería el fin de sus dos gatitos.
Incansable si se trataba del bien de sus cachorros, corrió. Podía oler el miedo que desprendía la cría dos patas y el olor a alce que se desprendía de su segunda piel. La distancia que los separaba era cada vez más corta, pero el gatito dos patas atravesó un riachuelo que no quedaba muy lejos del límite de su territorio y ella tuvo que encontrar otro sitio por donde cruzarlo.
Encontrar el rastro de la cría dos patas fue fácil. Y, cuando llegó al lugar donde estaba, habría sonreído si hubiera podido. Pero los cachorros siempre habían sido su debilidad y, si no llegara a ser por sus propios gatitos, no habría podido hacer lo que hizo poco después.
Sigilosa, se acercó al cuerpo tumbado en el suelo y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, atacó el cuello desprotegido del gatito dos patas. Sus dientes desgarraron el débil pelaje del dos patas pequeño y sintió el glorioso sabor de la sangre sobre su lengua.
Sus gatitos estaban a salvo.