Eirängr era una ciudad pequeña. No lo suficiente como para ser llamada un pueblo, pero tampoco lo suficientemente grande como para ser propiamente una ciudad, con todo lo que ello implicaba. La seguridad en Eirängr no era tan relajada como en los pueblos (que ya habían conseguido librarse de los bandidos, en esa época del año), pero tampoco tan paranoicamente estrictas como en las otras ciudades que sus habitantes conocían; los parques no eran el único sitio donde se podía ver el verde natural de la hierba, pero esta tampoco reinaba en todas las calles ni alrededor de cada una de las viviendas; y las personas no estaban unidas por ese inconfundible e irrompible sentimiento de ser todos parte de un sólo ser, como solía pasar en los pueblos, ni en sus caras se dibujaba esa mueca de asco hacia todo lo que les rodeaba tan característica de la gente de ciudad.
Eirängr era, en fin, un buen sitio para vivir. Con lugares para que tanto mayores como pequeños se olvidaran del aburrimiento, aunque fuera sólo por un rato, y sin esos vehículos a los que, años atrás, llamaban coches (que, sin embargo, seguían activos en los pueblos, por lo que todos habían visto alguno alguna vez).
Maëlle vivía en ese lugar. En la Eirängr donde se habían descubierto las pruebas de la existencia de los dragones, en la ciudad de la magia, como la llamaban algunos. Y Maëlle sabía que, pese a las muchas discusiones que los eirängrianos empezaban con sus vecinos, había unos días del año en que todos se reunían y las viejas enemistades (que duraban generaciones) se olvidaban.
Cualquier habitante de Eirängr podría dar fe de ello. Porque todos habían visto al viejo Solen Nerdwän regalar un collar del que colgaba uno de los tesoros más preciados de su familia a la Tildé mayor, esa que ya casi no podía andar, tales habían sido los estragos que los años le habían causado a su cuerpo), perteneciente a la familia Soutisten, enemiga de los Nerdwän desde hacía más de quince generaciones. Y también habían visto a Tildé darle las gracias con una sonrisa y un beso en la mejilla. Algunos podrían incluso afirmar que en los ojos de ambos habían visto brillar un amor escondido desde hacía décadas, que no se había alterado con el paso de los años y seguía siendo tan puro y prohibido como lo había sido cuando él acababa de empezar a trabajar en el molino de las afueras y ellas salía de su infancia y pasaba por esa etapa (que muchos denominan feliz) que la llevaría a convertirse en adulta.
Asimismo, Maëlle se había dado cuenta de que incluso los más pequeños de los Owetseike y los Elabastr, las otras dos grandes familias enemistadas de la ciudad, participaban en esa tradición. En lugar de empujarse y tirarse arena por la cabeza, Grëj Elbastr y Lunevan Owetseike compartían los juguetes que ella acababa de regalarles (ya que les hacía de canguro a ambos desde que los niños habían nacido y los dos pequeños adoraban los peluches de su niñera).
Esas escenas llenaban el corazón de la adolescente de una extraña calidez, y le recordaban que, como tantas veces había sentido anteriormente, sólo el milagro de la Navidad podía conseguir que el amor superara el odio y que las sonrisas vencieran los ceños fruncidos y las palabras hirientes y se instalaran en cada uno de los rostros de la ciudad.
Ok, gracias, pronto lo corregiré ^^
ResponEliminaSupones bien, Eragon me encanta (todos los libros de fantasía en general... xP)